Guía de Práctica Clínica sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) en niños y adolescentes.

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  1. Introducción
  2. Alcance y objetivos
  3. Metodología
  4. El TDAH
  5. Diagnóstico
  6. Instrumentos de evaluación
  7. Tratamiento
  8. Prevención
  9. Aspectos éticos y legales
  10. Estrategias diagnósticas y terapeúticas
  11. Difusión e implementación
  12. Recomendaciones de investigación futura
  13. Bibliografía

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1. Introducción

Antecedentes

En el marco del desarrollo del Plan de Calidad del Ministerio de Sanidad y Consumo, a través de la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud, se está desarrollando el «Programa de Elaboración de Guías de Práctica Clínica (GPC) basadas en la evidencia para el conjunto del Sistema Nacional de Salud».

Las guías deben abordar los principales problemas de salud pública y asistencial, centrándose en aquellos trastornos en los que exista una importante variabilidad en la práctica clínica. Su principal objetivo es servir de ayuda en la toma de decisiones clínicas y están orientadas a los diferentes profesionales implicados en la asistencia sanitaria, a los pacientes y sus familiares.

La mayoría de las guías disponibles para el TDAH en España proceden del mundo anglosajón y están poco adaptadas a nuestra realidad asistencial y social.

Esta GPC sobre el Trastorno por défi cit de atención con hiperactividad (TDAH) en niños y adolescentes, realizada por expertos que trabajan en España, conocedores de la idiosincrasia propia de nuestro sistema sanitario y de sus profesionales, pretende cubrir ese vacío dando recomendaciones válidas para nuestro entorno basadas en las mejores evidencias científicas disponibles hasta la fecha, y elaboradas de forma sistemática para ayudar a los profesionales y a los cuidadores que intervienen en el manejo de estos pacientes en la toma de decisiones sobre la asistencia más apropiada. Es la primera GPC sobre TDAH en niños y adolescentes realizada con esta metodología en España.

La Fundación Sant Joan de Déu (FSJD), junto con la Agència d’Informació, Avaluació i Qualitat (AIAQS) de Cataluña son las encargadas de elaborar esta guía.

Justificación

La primera defi nición del TDAH la realizó G. Still3, en 1902, quien describió a 43 niños que presentaban graves problemas en la atención sostenida y en la autorregulación, a los que atribuía un problema en el control moral de la conducta. En 1914, A. Tredgold4 argumentó que el TDAH podría ser causado por una especie de disfunción cerebral, una encefalitis letárgica en la cual queda afectada el área del comportamiento, de ahí la consecuente hipercinesia compensatoria, explosividad en la actividad voluntaria e impulsividad. En 1937, Bradley5 descubrió de forma casual los efectos terapéuticos de las anfetaminas en los niños hiperactivos. El término «disfunción cerebral mínima» fue acuñado por Strauss y Lehtinen en 1947, aplicado a aquellos niños con trastornos de conducta en los que no se apreciaba suficiente evidencia científica de patología cerebral (Barkley, 2006)6. Lauferr y Denhoff (1957)7 realizaron la primera denominación de síndrome hipercinético. En 1968, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, conocido por sus siglas en inglés como DSM-II8 lo incluyó como reacción hipercinética en la infancia y, posteriormente, el DSMIII (1980)9 utilizó el término trastorno de déficit de atención hasta llegar al DSM-IVTR( 2001)10 como trastorno (por) déficit de atención con hiperactividad.

El TDAH es un trastorno de inicio en la infancia que comprende un patrón persistente de conductas de desatención, hiperactividad e impulsividad. Se considera que el trastorno está presente cuando estas conductas tienen mayor frecuencia e intensidad de lo que es habitual según la edad y el desarrollo de la persona, y tales manifestaciones interfi eren de forma signifi cativa en el rendimiento escolar o laboral, y en sus actividades cotidianas (DSM-IV-TR, 2001)10.

El TDAH representa un problema de salud pública debido a su elevada prevalencia, que se estima, según las fuentes epidemiológicas, entre un 3 y un 7% de la población escolar (DSM-IV-TR, 2001)10. Los niños con este trastorno tienen un mayor riesgo de fracaso escolar, problemas de comportamiento y difi cultades en las relaciones socio-familiares como consecuencia de los síntomas propios del TDAH. El curso del trastorno es crónico y requiere tratamiento a largo plazo, con el correspondiente coste social.

Las repercursiones potenciales sobre el desarrollo personal y familiar del niño hacen que sea uno de los trastornos más investigados en los últimos años. Dada la gran cantidad de bibliografía que existe sobre el tema, es necesario que los profesionales que trabajan en el campo de la pediatría, la neurología, la psicología y la psiquiatría infanto-juvenil puedan disponer de una guía práctica sobre la evaluación y el tratamiento del TDAH que reúna la mejor evidencia científi ca y que les sea de utilidad para seleccionar la mejor opción en el diagnóstico y el tratamiento de dicho trastorno.

No hay acuerdo en nuestro medio acerca de qué instrumentos hay que utilizar para la evaluación de niños con posible TDAH; también existe controversia sobre los criterios que se deben emplear para su diagnóstico. Estas dificultades en la detección, el proceso diagnóstico y la metodología originan amplias variaciones (geográficas y demográficas), lo que conduce a un infradiagnóstico o sobrediagnóstico del TDAH. No existen marcadores biológicos que nos permitan diagnosticar el TDAH, por lo que el diagnóstico es clínico. Los instrumentos que se utilizan habitualmente para la evaluación de los niños, en quienes se sospecha el trastorno, no siempre han sido validados en la población española. En lo que respecta a las opciones terapéuticas con fármacos, existe controversia acerca de si usar estimulantes o no estimulantes como primera elección, si la eficacia persiste en los tratamientos de más de 12 semanas de duración, si es recomendable suspender la medicación durante los períodos vacacionales o fines de semana, así como la duración del tratamiento farmacológico. En cuanto al tratamiento psicosocial, los datos son contradictorios respecto a la eficacia, la duración y la generalización de los resultados. Tampoco hay consenso sobre cómo medir la respuesta terapéutica, los efectos secundarios del tratamiento y la frecuencia de visitas de seguimiento. La gran variabilidad en el tratamiento y la controversia en las áreas mencionadas justifican la elaboración de una GPC que recoja la mejor evidencia científica disponible hasta el momento.

Magnitud del problema

El TDAH es uno de los motivos más frecuentes por los que los niños son remitidos al pediatra, neuropediatra o al equipo de salud mental debido a que presentan problemas de conducta. De hecho, el TDAH es uno de los trastornos psiquiátricos (neurobiológicos) del niño y del adolescente más prevalentes (Barkley, 2006)6.

Las tasas de prevalencia son marcadamente dispares según los criterios diagnósticos empleados, el origen de las muestras (clínicas o poblacionales), la metodología, y las edades y el sexo escogidos (Benjumea, 2006)11. Los rangos de prevalencia se sitúan entre el 1,9 y 14,4% (DuPaul et al., 2001)12. El DSM-IV-TR refiere una prevalencia estimada entre el 3-7% de la población en edad escolar10. Polanczyk et al. (2007)13 comunicaron una prevalencia mundial del 5,29%. En España, al igual que en otros estudios europeos, las tasas de prevalencia son similares (v. Tabla 1).

Tabla 1. Estudios de prevalencia del TDAH en España

Autores y año
Edad (años)
Prevalencia (%)
Cardo et al., 200714 (Mallorca)
6-11
4,57
Andrés et al., 199915 (Valencia)
10
3,6
Gómez-Beneyto et al., 199416 (Valencia)
8
11
15
14,4
5,3
3
Benjumea y Mojarro, 199317 (Sevilla)
6-15
4-6
Farré y Narbona, 198918 (Navarra)
5-10
1-2

Es poco frecuente la presentación aislada del trastorno. En una muestra clínica, Jensen et al. (2001)19 encontraron que más del 85% de los pacientes presentaban al menos una comorbilidad, y cerca del 60% tenían al menos dos comorbilidades, siendo los más frecuentes el trastorno negativista desafi ante, el trastorno de ansiedad y el trastorno disocial.

En muestras comunitarias no clínicas, Szatmari et al. (1989)20 indicaron que alrededor del 44% de los pacientes presentaban al menos una comorbilidad, el 32% dos comorbilidades, y el 11% tres o más comorbilidades.

Se acepta comúnmente que es un trastorno más frecuente en varones que en mujeres, con rangos que oscilan entre 2,5:1 a 5,6:1 (Criado et al., 2003)21. En ambos sexos, el subtipo combinado es el más frecuente, pero en el subtipo inatento parece que hay un mayor porcentaje de chicas, en las que los síntomas de impulsividad e hiperactividad pueden aparecer con menor intensidad. Las diferencias en cuanto al sexo tienen que ver más con las escalas de valoración psicopatológica y/o conductual, que no incluyen ítems específicos para chicas, que con una especificidad en función del sexo (Knellwolf et al., 2008)22.

La media de edad de inicio de los síntomas se sitúa entre los 4 y 5 años; los niños presentan impulsividad, hiperactividad, desobediencia y tienen mayor propensión a tener accidentes (Bonati et al., 2005)23. El diagnóstico en edad preescolar puede ser más difícil debido a que los síntomas son propios de la edad, siendo la intensidad, la frecuencia y la repercusión sobre el entorno lo que orientaría sobre un TDAH. Beitchman et al. (1987)24 hallaron que pacientes preescolares diagnosticados como TDAH tenían más probabilidad de recibir el mismo diagnóstico 5 años más tarde o incluso de persistir los mismos síntomas de hiperactividad y desobediencia.

El diagnóstico se suele realizar al comenzar la educación primaria, cuando aparecen problemas en el rendimiento escolar (deberes incompletos, poco organizados y con errores), el niño se distrae fácilmente, habla impulsivamente, responde antes de acabar la pregunta, y se observa disfunción social (conducta desadaptada en el aula, difi cultades para aceptar las normas, agresividad, interrumpe y se entromete en todo, etc.) (Johnston et al., 2001)25.

No todos los pacientes que presentan un TDAH son correctamente identifi cados y tratados; este hecho tendrá importantes repercusiones, tanto personales y familiares como de salud pública. El Centro de Control de Enfermedades norteamericano (CDC) analizó los datos de una encuesta nacional de salud infantil y encontró que sólo el 56,3% de los niños de 4 a 17 años diagnosticados de TDAH recibían un tratamiento farmacológico correcto, no encontrando diferencias en función del sexo (Goldman et al., 1998)26.

En un estudio llevado a cabo por Jensen et al. (1999)27 con el objetivo de valorar la posibilidad de sobrediagnóstico y sobretratamiento con estimulantes, se encontró una prevalencia del TDAH del 5,1%. Sólo un 12,5% de los niños diagnosticados de TDAH recibían tratamiento con estimulantes. Por el contrario, algunas de las prescripciones de estimulantes eran administradas a chicos que no cumplían todos los criterios de TDAH aunque tenían niveles elevados de síntomas, por lo que concluyen que no se puede hablar de sobrediagnóstico.

En los últimos años, observamos un incremento en el número de pacientes en tratamiento con estimulantes. Las prescripciones para el tratamiento del TDAH se han multiplicado por cinco en Estados Unidos desde 1991, esto significaría que uno de cada ocho niños estadounidenses toma metilfenidato (Dopfner et al., 2004)28. En España sucede una situación similar, entre los años 1992 y 2001 el uso del metilfenidato se ha multiplicado por seis (Criado et al., 2003)21,un incremento inferior al experimentado en Estados Unidos.

Se estima que, en parte, el incremento en el uso del metilfenidato se debe al mayor número de consultas por TDAH, a la prolongación de los tratamientos farmacológicos y a la utilización actual de estimulantes también en niñas, en adolescentes y en adultos jóvenes, y a los casos de TDAH de predominio inatento (Pomerleau et al., 1995)29.

Variabilidad en la práctica clínica

Los pacientes con TDAH suponen un grupo bastante heterogéneo, que presenta una variación considerable en la intensidad de los síntomas, la edad de inicio y en la presencia de los síntomas en distintas situaciones. Los síntomas del TDAH se pueden ver afectados por factores situacionales, como el momento del día o el cansancio, y factores motivacionales, la posibilidad de supervisión, etc. (Barkley et al., 2006)30.

Esta situación ha llevado a algunos profesionales a cuestionar su existencia y a preguntarse cuáles son los motivos por los que cada vez más personas presentan síntomas de TDAH, sugiriendo que pueda ser una moda pasajera en el diagnóstico psiquiátrico. Críticos sociales y algunos profesionales no expertos en el tema, afi rman que el TDAH es un mito o, más específicamente, que los niños diagnosticados de TDAH son normales pero que los “etiquetan” como trastorno mental por la intolerancia de padres y docentes, por la ansiedad cultural y parental en torno a la crianza de los niños o por una inespecífica o indocumentada conspiración entre la comunidad médica y las compañías farmaceúticas (Barkley et al., 2006)30.

Concretamente, en Estados Unidos grupos de presión han aprovechado esta situación para realizar importantes campañas en los medios de comunicación, que han conseguido generar una importante alarma entre los padres de niños y adolescentes con TDAH por el uso de psicofármacos. Centrándose en reacciones infrecuentes del metilfenidato, lo etiquetan de fármaco peligroso y adictivo, usado por educadores y padres intolerantes y «médicos sin escrúpulos», que puede provocar la muerte o actos violentos, suicidio, síndrome de Tourette, deterioro cerebral permanente, crisis epilépticas, aumento de la presión arterial, confusión, agitación y depresión (Barkley et al., 2006)6.

La American Medical Association (AMA) encargó un estudio que concluye que «el TDAH es uno de los trastornos mejor estudiados en medicina y los datos generales sobre su validez son más convincentes que en la mayoría de los trastornos mentales e incluso que en muchas otras enfermedades» (Goldman et al., 1998)26.

De la experiencia clínica en la evaluación de personas diagnosticadas de TDAH se observa que los síntomas del trastorno tienen un gran impacto en el desarrollo del individuo e interfi eren en su funcionamiento social, emocional y cognitivo, y causan una importante morbilidad y disfuncionalidad en el niño, en el grupo de compañeros y en su familia (Cardo y Servera, 2008)31.

Repercusiones sanitarias

Las repercusiones del TDAH no sólo afectan a los pacientes, sino también a sus familias. Si el TDAH no es tratado o es infratratado, se asocia, a largo plazo, con una amplia gama de resultados adversos, como menor rendimiento académico, incremento de las expulsiones del colegio o abandono escolar, menor categoría profesional, más accidentes de conducción, aumento de las visitas a urgencias por accidentes, mayor incidencia de divorcio e incluso incremento de la delincuencia (Barkley et al., 2006; Mannuzza et al., 1993; 1998; 1997; 1991; 1991)32-37. Es frecuente la comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos, como el trastorno negativista desafi ante y los trastornos de aprendizaje, los trastornos por tics y los trastornos de ansiedad (Jensen et al., 199738; MTA, 199939). Tanto en la adolescencia como en la edad adulta, son frecuentes los problemas de baja autoestima y escasas habilidades sociales (Wilens et al., 199540; Pomerleau et al., 199529; Biederman et al., 199741). También el inicio del consumo de sustancias es más precoz en estos pacientes, y es menos probable la abstinencia en la edad adulta. El riesgo de presentar un trastorno de personalidad antisocial es cinco veces mayor en pacientes con historia de TDAH, riesgo asociado a la comorbilidad con un trastorno disocial previo (Faraone et al., 1998)42.

En un estudio realizado por Escobar et al. (2005)43 que comparó la calidad de vida entre pacientes con TDAH y pacientes asmáticos, los autores concluyeron que el TDAH interfi ere en la vida diaria de niños, padres y familias más que el asma, principalmente en los aspectos relacionados con el funcionamiento psicosocial, y también conlleva el consecuente deterioro en el funcionamiento físico. Los retrasos en el reconocimiento, la valoración, y el tratamiento del TDAH puede afectar negativamente a la calidad de vida de estos niños. En este mismo estudio se observó que entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico del TDAH transcurren, de media, casi 6 años.

En las familias encontramos ideas de autoculpabilidad, aislamiento social, conflictos conyugales, síntomas afectivos y de ansiedad, y menor productividad y aumento del absentismo laborales (Johnston et al., 200125; Mash et al., 198344).

Repercusiones económicas

Por otra parte, el impacto de la enfermedad en la salud pública y su carga para el sistema sanitario son considerables. Los costes sanitarios de los niños con TDAH son casi el doble que para los niños sin este trastorno, por lo que, en general, el coste de la enfermedad se estima que es superior a los 40 mil millones de dólares anuales sólo en Estados Unidos (Schlander et al., 2007)45.

Los costes en ese país se han incrementado debido al aumento de los diagnósticos y del tratamiento del TDAH. El coste económico anual estimado en niños y adolescentes es de, aproximadamente, 14.000 dólares por individuo en precios del 2005 (rango de 12.000 a 17.500 dólares), desglosándose en costes de salud (18%), del sistema educativo (34%), y costes asociados con el crimen y la delincuencia (48%) (NICE, 2009)2.

De la información anterior se deduce que el TDAH se asocia significativamente a costes financieros y sobrecarga emocional que se refl ejan en el sistema de salud, los servicios educativos, los cuidadores, las familias y la sociedad en general. Un tratamiento adecuado podría mejorar la calidad de vida de las personas con TDAH, de sus cuidadores y familiares, y al mismo tiempo reduciría su desgaste psicológico, así como las implicaciones financieras y la sobrecarga del TDAH para la sociedad.

Se desconoce el impacto del TDAH y los costes asociados en nuestro medio, pero se estima que son distintos a los de otras sociedades debido a las diferencias en el patrón de atención y tratamiento, por lo que no son generalizables ni comparables. Los costes a estudiar en nuestro medio deberían incluir: accidentes, costes de servicios de salud, comorbilidad con otros trastornos, abuso de sustancias, conducta antisocial, fracaso escolar, disfunciones en la familia y la sociedad, entre otros.

Bibliografía del apartado 01


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Última actualización: septiembre 2011

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